El sonido de la catástrofe

Rafael Sánchez-Mateos Paniagua / WEBZINE BILBOQUET#7 REAL jun2007 / ISSN 1886-8932

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El grito plegado

 

........Grita el verdugo y grita la víctima. Siniestra doblez sonora. Gritar para matar y gritar por ser muerto. Gritos de guerra. Estado último. Ataque total. Es la fuerza que inyecta mi brazo de sangre, antes de lanzar el puñetazo. La expresión sonora de la contusión. La alarma ante la catástrofe. Winckelmann y Artaud. Gritar desde la catástrofe del ser. La serpiente que se anuda al cuello. Los gritos de Artaud no son animales. Tampoco humanos. Bachelard señaló ese momento. En el que los humanos y los animales convergen en la misma voz. En la misma garganta. La asfixia ontológica que emite el grito fatal. Einsestein y Hitchcock. Otro pliegue. La bestia grita. Los pájaros. Los zorzales. Aullar. Leer poemas a los leones. Como McClure en el Zoo de San Francisco. Ghost tantras. La lengua de las bestias. El sonido de las bestias. Beast Sound. Beat Sound(1) . El aullido de Gingsberg. El aullido de Timothy Treadwell. ¿Cómo satisfacer el deseo oscuro de abandonar la conciencia humana?. ¿Cómo cruzar el límite?. ¿Cómo ser Timothy Treadwell? ¿Cómo ser Marinetti? Pero lo peor: ¿Cómo escuchar el aullido de Timothy Treadwell? Cómo escuchar lo que Marinetti escuchó en Trípoli. ¿Qué ocurre cuando un humano habla de la humanidad como algo extraño a él?. El hombre -como en Stockhausen y en Marinetti- fusionado con el universo. “Supongo que ese hombre creería que todos somos una especie de hijos del universo, o algo así. Creo que ese oso decidió que ya se había hartado de Treadwell o que algo saltóen la cabeza del oso cuando pensó: Ey, ¿sabes?, quizás este tipo se pueda comer...” Dice el guardia forestal. Los osos al final lo devoran. Era parte del ritual de inmersión total en el universo. Los osos se comen al filósofo. Herzog soporta verlo todo. Verlo decir bobadas ante los osos. Verlo llorar desesperadamente. Verlo reírse por nada. Verlo rezar. Pero Herzog no puede escucharlo. El director que incluyó gritos verdaderos en Fritzcarraldo no puede escuchar el grito final de Timothy. Hay que borrar esas cintas. Hay que destruirlas. Hay que destruirlas. “Si hubiera encontrado unas cintas de Auschwitz las hubiera destruido” dice Claude Lanzmann. Hay que destruir esas cintas. No es posible el documento de la catástrofe. No es posible el archivo de despedidas. ¿Queremos ver? ¿Queremos mostrar? Cómo escuchar a Omayra. Su sollozo. Cómo mostrar la distancia. No habría de turbarnos. Mostrar y escuchar el dolor no habría de ser un acto complaciente. No hablemos de los humanos como si no supiéramos de lo que estamos hablando. Como si no fuera con nosotros la cosa. ¿Cómo recuperar los sonidos de la crueldad para no banalizar el horror? Las parodias sobre aquello que precisamente Herzog decide no mostrar proliferan en internet (2) . Cómo no banalizar la catástrofe. Quizá el arte podría acercarse con una respetuosa distancia y humildad. Una forma de decir. Una forma de representar que practicara el duelo responsable. Dar a la imagen y al sonido una dimensión humana. ¿Sería este arte en realidad una moral del arte?

 ........Los aullidos de Oskar Matzerath, el pequeño tamborilero de metal que decide por voluntad propia no crecer (3) . Se podría decir que Oskar está enfadado con el mundo y como dice Cataluccio, su negativa a crecer no tiene nada de utópico porque en su decisión “se trata de optar por el mal menor”(4) :


“Y hoy Óscar dice simplemente: la mariposa tocaba el tambor. He oído tocar el tambor a conejos, a zorros y marmotas. Tocando el tambor, las ranas pueden concitar una tempestad. Dicen del pájaro carpintero que, tocando el tambor, hace salir a los gusanos de sus escondites. Y finalmente, el hombre toca el bombo, los platillos, atabales y tambores. Habla de revólveres de tambor, de fuego de tambor; con el tambor se saca a la gente de sus casas, al son del tambor se las congrega y al son del tambor se la manda a la tumba. Esto lo hacen, tocando el tambor, niños y muchachos. Pero hay también compositores que escriben conciertos para cuerdas y batería. Me permito recordar la Grande y la Pequeña Retreta y señalar asimismo los intentos de Óscar hasta el presente: pues bien, todo esto es nada comparado con la orgía tamborística que en ocasión de mi nacimiento ejecutó la mariposa nocturna con las dos sencillas bombillas de sesenta vatios….”(5)

........Tocar el tambor y formar una tormenta. El fuego del tambor. Sacar a las gentes de sus casas y llevaros a la tumba. Al toque de tambor. Niño con tambor. Las Juventudes Hitlerianas. Niños con tambor. Niños con antorcha. Niños con un AK-47. Proyección metafórica y sintomática de la tragedia de la Segunda Guerra. El niño monstruoso, entra en diálogo con su tiempo monstruoso. El estridente y metálico ruido del tambor de Oskar y su negativa a madurar, quizá pueda ser leído no sólo como el signo de denuncia de una destrucción inminente, sino además como la expresión inmadura e irresponsable que compartía con los hombres de su tiempo (6) . Bajo ese marco histórico, Oskar no puede realizar su condición de hombre, aunque ciertamente se puede ver en él un hombre verdaderamente completo, incluso desde su nacimiento, que le permite a Grass y a Schlöndorff  contar ese periodo de la historia de Europa desde el suelo. La metáfora del Oskar, a medio camino entre lo real y lo irreal, entre el anciano y el bebé, entre el narrador y lo narrado, en su relato del desangrar de Europa, por momentos nos transfiere una animadversión nihilista, aunque existen opiniones que encuentran en el Tambor de Hojalata la expresión de la vida que, aún en medio del horror y la ignominia, merece ser vivida (7) . Pareciera que Oskar se hubiera propuesto “matar el tiempo, antes de que el tiempo le mate a él”:


“Hay todavía una buena docena más de instantáneas del pequeño Óscar: de un año, de dos años, de dos años y medio; tendido, sentado, gateando y andando. Las fotos son todas ellas más o menos buenas y forman en conjunto los preliminares de aquel retrato de cuerpo entero que se me había de hacer el día de mi tercer aniversario. Aquí sí lo tengo ya, el tambor. Nuevecito, con sus triángulos pintados en rojo y blanco, pegado a la barriga. Yo, plenamente consciente y con expresión decidida, cruzo los palillos de madera sobre la superficie de hojalata. (…) Para no tener que habérmelas con ningún género de caja registradora ruidosa, me aferré a mi tambor y, a partir de mi tercer aniversario, ya no crecí ni un dedo más; me quedé en los tres años, pero también con una triple sabiduría; superado en la talla por todos los adultos, pero tan superior a ellos; sin querer medir mi sombra con la de ellos, pero interior y exteriormente ya cabal….”(8)

........En el capítulo “Vidrio, vidrio, vidrio roto” Oskar emite su primer grito-chillido-gemido destructor que se hará tan frecuente a partir de ese momento (9) . “El tambor vitricida” se le llamará más tarde en sus funciones en el teatro de Campaña, junto a Rosvita, la mujer sonámbula. El primer grito destructor es producido por Oskar cuando intentan quitarle su instrumento. Podría lastimarse. Sus cantos afilados comienzan a resultar peligrosos. Peligro suicida el de tocar esa caja. Tiempo congelado. Crono-clash a golpe de baqueta:


Temían que pudiera lastimarme con los filos peligrosamente cortantes de la hojalata. En particular Matzerath, que desde mi caída por la escalera de la bodega no sabía qué precauciones adoptar, me recomendaba prudencia al tocar el tambor. Y como efectivamente las arterias de mis muñecas rozaban continuamente en movimiento violento aquellos filos puntiagudos, he de confesar que los temores de Matzerath, aunque exagerados, no carecían absolutamente de fundamento. Es claro que con un nuevo tambor todos aquellos peligros hubieran quedado automáticamente eliminados. Pero la idea de comprarme un nuevo tambor ni se les pasaba por la cabeza, y lo único que se proponían era quitarme mi viejo tambor, aquel tambor que había caído conmigo, que me había acompañado a la clínica y que había sido dado de alta junto conmigo; aquel tambor que subía y bajaba conmigo y que me acompañaba por la calle, (…) pensaban quitármelo, sin ofrecerme en cambio sustitución alguna. Con miserable chocolate creían poder engañarme. Mamá me lo ofrecía, haciendo mohincitos como para darme un beso. Pero fue Matzerath el que, sacando fuerzas de flaqueza, asió mi instrumento inválido. Yo me aferré a la chatarra. Él tiró. Ya mis fuerzas, que sólo alcanzaban a tocar el tambor, empezaban a flaquear. Una tras otra se me iban escapando de las manos las llamas rojas, y ya estaba a punto de escurrírseme el marco cilindrico, cuando le salió a Óscar, que hasta aquel día había pasado por un niño tranquilo y hasta demasiado dócil, aquel primer chillido destructor y eficaz; y he aquí que el disco de vidrio biselado que protegía del polvo y de las moscas agonizantes la esfera amarillenta de nuestro reloj se partió y cayó, volviendo a quebrarse, sobre el entarimado rojo pardo —porque he de precisar que la alfombra no llegaba hasta la base del reloj. Sin embargo, el interior de aquel precioso objeto no sufrió daño alguno, sino que su péndulo siguió caminando tranquilamente —si es que puede decirse esto de un péndulo—, lo mismo que las manecillas. Y ni siquiera el carrillón, que en otras ocasiones solía reaccionar en forma por demás sensible y casi histérica al menor golpe o al pasar rodando por la calle los carros de cerveza, se mostró afectado por mi chillido en lo más mínimo. Sólo el vidrio se rompió pero eso sí, de veras.” (10)

........La vibración de su grito rompe la esfera de vidrio de un reloj, pero el mecanismo de éste no resulta dañado. Más tarde Oskar, comprobará la eficacia de su grito estallando los cristales del teatro de Danzig desde lo alto de la torre de la ciudad y, una vez rotos, intentará estallar también la lámpara de araña que cuelga sobre el patio de butacas. Acabar el espectáculo. Prepararse durante años para la mayor obra de arte. Lucifer. A lo largo de toda la novela se mantiene la sinonimia del término teatro utilizado tanto para hablar de las representaciones escénicas, que más adelante protagonizará, como para referirse a los teatros bélicos y al escenario de guerra donde se juega la función siniestra de la historia:


“Mi vista se posaba en algo muy distinto; el edificio del Teatro Municipal que había encontrado cerrado al salir del pasaje del Arsenal. Con su cúpula, el viejo edificio exhibía una semejanza diabólica con un molinillo clásico de café descomunalmente aumentado, aunque le faltaba en la cima la manivela que hubiera sido necesaria para reducir a una papilla horripilante, en un templo de las Musas y de la Cultura lleno cada noche a rebosar, un drama en cinco actos con sus actores, los bastidores, el apuntador, los accesorios, los telones y todo lo demás..(…)  Y si hasta el momento de mi ascensión a la Torre de la Ciudad sólo había lanzado mis sonidos penetrantes contra la estructura de un vaso, contra las bombillas o contra alguna botella vacía de cerveza cuando querían quitarme mi tambor, ahora, en cambio, grité desde lo alto de la Torre sin que mi tambor tuviera nada que ver con ello. (…) Nadie quería quitarle a Óscar el tambor, y sin embargo Óscar gritó. (…) Las palomas tenían ojos brillantes con reflejos rojizos, pero ningún ojo de vidrio lo miraba, y sin embargo gritó. (…) ¿Cuál vidrio tenía Óscar en la mente? ¿Con cuál vidrio —y no puede tratarse sino de vidrio— quería Óscar efectuar experimentos? (…) Tras algunos minutos de chillar logré producir un sonido casi inaudible  (…) En menos de un cuarto de hora logré dejar sin vidrios todas las ventanas del foyer y parte de las puertas. Frente al Teatro se juntó una multitud que, según podía apreciarse desde arriba, parecía excitada. Nunca faltan los curiosos. A mí los admiradores de mi arte no me impresionaban mayormente. A lo sumo, indujeron a Óscar a trabajar en forma más estricta y más formal todavía. Y ya me disponía, por medio de un experimento aún más audaz, a poner al descubierto el interior de las cosas, es decir, a enviar al interior del Teatro, oscuro a aquella hora todavía, a través del foyer abierto y pasando por el ojo de la cerradura de un palco, un grito especial que había de atacarse a lo que constituía el orgullo de todos los abonados: la araña central con todos sus colgajos de vidrio pulido, reluciente y cortado en facetas refringentes (…) Al romper con mi canto los vidrios de las ventanas del foyer del Teatro Municipal, buscaba yo y establecí por vez primera contacto con el arte escénico. A pesar de los apremiantes requerimientos del vendedor de juguetes Markus, mamá hubo sin duda de darse cuenta aquella tarde de la relación directa que me unía al teatro (11)

........En Oskar se da el pliegue entre el grito del que ataca, del verdugo, y al mismo tiempo el grito de la víctima. Oskar son las dos cosas en una. Gritar desde lo alto de una torre. Hacer caer esa lámpara. Que el mundo lamente y compadezca este grito y a la vez lo maldiga. La noche de los cristales rotos. Quebrar todo el vidrio de una ciudad. Romper la barrera del sonido. Romper los cristales de las ventanas del mundo. Breaking the Windows of the world. Hay una versión pop de este asunto. Quitémosle importancia a las ventanas. Quitémosle importancia al atentado musical que derriba a la vez el cristal y la Historia. En la gran China un pequeño chino de cuatro años ha matado a casi quinientas gallinas a gritos (12) . Nuestro pequeño Oskar Matzerath asiático. Gripe asiática. Gritos asiáticos. Gargantas asiáticas. Quinientas gallinas muertas de un golpe. Nos vemos obligados a rectificar. Los proyectiles acústicos sí que son letales. Habría que reflexionar sobre la introducción de los procesos sónicos en el inventario de non-lethal-weapons. Sin prejuicios. Que formen parte de este siniestro inventario obliga a repensar muchos planteamientos estéticos. En torno al ruido. En torno a la agresión timpánica y por ende la agresión psicofísica. El tambor de hojalata no es en nuestro tiempo, ya sólo un film o un libro de ficción. Tampoco de docu-ficción. Muchos cristales rotos. Los Oskar Matzerath de nuestro tiempo andan por algún lugar. Niños sin tambor. Esa es la circunstancia de nuestros Oskar. No hay tambor que haga retumbar y replegarse la catástrofe. Sin promesa de darse a la escucha. La catástrofe silenciosa y plastificada de la ciudad sin cristales. 

 

(1) KHAN, Douglas. Noise, water, meat a history of sound in the arts. MIT. 2001.

(3) GRASS, Günter. El tambor de hojalata. Círculo de Lectores. Valencia. 1987. El relato fue llevado a la pantalla por Volker Schlöndorff (1979)

(4) CATALUCCIO, Francesco M. Inmadurez. La enfermedad de nuestro tiempo. Siruela. Madrid.2006

(5) “…Tal vez haya negros en lo más oscuro del África, o algunos en América que no han olvidado al África todavía; tal vez les sea dado a esas gentes rítmicamente organizadas poder tocar el tambor en forma disciplinada y desencadenada a la vez, igual o de modo parecido al de mi mariposa, o imitando a mariposas africanas, las cuales, como es sabido, son más grandes y más hermosas que las mariposas de la Europa oriental: por mi parte debo atenerme a mis cánones europeos—orientales y contentarme con aquella mariposa no muy grande, empolvada y parduzca de la hora de mi nacimiento, a la que llamo el maestro de Óscar.  El tambor… Op.cit, pp 36

(6) “(…) son principalmente los puer aeterni los que torturan y establecen un sistema policial tiránico y homicida. El puer y el estado policial, por lo tanto, están unidos por un vínculo secreto. Los regímenes fascistas y comunistas han sido creados por hombres de este tipo. El verdadero tirano y la verdadera mente de la tortura y de la opresión del individuo tienen su origen en el complejo materno sin resolver de esos nombres. Están poseídos por él y en este estado de posesión realizan y provocan acciones innobles”  Inmadurez… Op.cit.

(7) Óscar Matzerath se las arregla, aun en los peores momentos, para transmitirnos un amor natural y sin complejos por las buenas y divertidas cosas que también tiene este mundo: el juego, el amor, la amistad, la comida, la aventura, la música. Por razones tal vez de tamaño, Óscar siente con sensibilidad mucho mayor aquello que corresponde a lo más elemental y lo que está más cerca de la tierra y del barro humano. Desde allí abajo, donde está confinado, descubre —como aquella noche, cuando, agazapado bajo la mesa familiar, sorprendió los nerviosos movimientos adúlteros de las piernas y los pies de sus parientes— que en sus formas más directas y simples, las más terrestres y plebeyas, la vida contiene posibilidades formidables y está cuajada de poesía. En esta novela metafórica, esto se halla maravillosamente representado en una imagen recurrente en la memoria de Óscar: el cálido y acampanado recinto que conforman las cuatro faldas que usa su abuela, Ana Koljaiczek, cuando ésta se agacha, y que ofrece a quienes buscan allí hospitalidad un sentimiento casi mágico de salvaguarda y de contento. El más simple y rudimentario de los actos, al pasar por la voz rabelesiana de Óscar, puede transubstanciarse en un placer.” El tambor… Op.cit, pp 6)

(8) Pero ¿qué adulto, entonces, poseía la mirada y el oído a la altura de Óscar, el tocador de tambor, que se mantenía a perpetuidad en sus tres años?

(10) El tambor… Op.cit, pp 48

(11) En Canto de acción a distancia desde la torre de la ciudad El tambor… Op.cit, pp, 69  y en La Tribuna Op.cit, pp 78