El sonido de la catástrofe

Rafael Sánchez-Mateos Paniagua / WEBZINE BILBOQUET#7 REAL jun2007 / ISSN 1886-8932

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Silenciadores

..........El resto es silencio. En Hamlet y en el resto. Los restos silenciosos. Las últimas palabras. El último suspiro. El silencio que deviene muerte. La muerte que deviene silencio. El último baile. La rama quebrada. El quejido del quebrar. Ese último quejido. El barullo del putrílago. El mundo asqueroso de los invertebrados devorando la estructura. No el silencio imposible de la cámara anecóica. Si bien la muerte cristalizará en el sonido funesto del acabamiento, lo que viene después, es la calma timpánica de lo ya acabado. Tras el ensordecedor sonar de trompetas del juicio final vendrá el silencio. Guardar un minuto de silencio por el grito que se va. Al ángel fatal le sucede el ángel silente. Guardar un minuto de silencio. Mecer el lamento en la garganta. No dejarlo salir más que en su versión transparente e inescrutable. No gritar. No llorar. Irse sin hacer ruido. Irse e puntillas. Sin armar bulla. Las pistolas y los pistoleros sueñan con matar sin armar bulla. Cámaras de gas. Silenciosas cámaras de gas. Silenciosas armas biológicas. Un silenciador es un complemento bastante interesante. Se trata de matar sin hacer ruido. Sin que se note. Matar sin que el oído reconozca que lo están matando. Un silenciador es un componente bastante más caro que la propia pistola. La explosión del tambor de metal ha de vaciarse para que la bala corte el viento. Romper la barrera del sonido. Romper el sonido deshaciéndolo. Deshacer el sonido de la rotura. Dejar de oír el motor. En una explosión sónica –cuando el avión sobrepasa el Mach 1- el ruido del motor se queda atrás. El piloto nada oye. A velocidad supersónica el sonido siempre queda atrás. Sólo el avance silencioso hacia delante. El avance silencioso y funesto del progreso. Pero al niño que contempla ese cohete le estallan los oídos. En el boom sónico (1) la muerte acalla su aullido. Un estampido sónico –en el centro de una gran urbe- empezaría por estallar los oídos. Sí. Hacer filosofía timpánica a martillazos. Romper la barrera. Romper el tambor. Estallarían nuestros oídos y nuestro grito no sería jamás escuchado. Nuestro grito estaría siempre detrás. Gritar en el estallido. Gritar tras el estallido. Llamar por teléfono. Deciros adiós. En el contestador no cabe más. Se corta. El resto es silencio.

..........Cuando te hayas ido. Haremos un ritual. Haremos sonar el réquiem que exorcice ese silencio. Los restos que has dejado. Hear my prayer, O Lord an let my crying come unto thee. La Reina Mary ha muerto y suena la trompeta de Sion. No cierres Dios tus oídos a nuestras plegarias. Finaliza Purcell. Shut not thy merciful ears into our pray’s. Se puede ser profano y ofrecer ritual a la conmoción de la pérdida. El réquiem no es una cuestión religiosa. Es una cuestión antropológica. El réquiem era al principio monofónico. Planctus. Una voz solemne. Una voz unida. En España fue donde se empezó a integrar la polifonía en las misas fúnebres. La crisis de valores de la Europa medieval se traduce en un excedente místico en la España católica. El réquiem convoca la emoción-conmoción del veloz transcurrir del tiempo, la naturaleza transitoria de la vida, los misterios de lo mortal y lo eterno, la súplica de la divina clemencia. El Boom sónico que prepara a los hombres para su muerte. El minuto de silencio es una cosa bastante moderna. Los duelos silenciosos instalados en la vida moderna. Como en Kurosawa. Antígona no callaría. Antígona lanza un grito contra aquellos que callan ante la muerte de su hermano. En la edad moderna esconderemos nuestro lamento. Esconderemos nuestro duelo tras una música que domestique tu ausencia. Haremos un duelo privado. Secreto. La Ciaccona de Bach esconde su duelo. María Bárbara Bach ha muerto. 1720. Su primera esposa. Un delicado proceso de creación musical que esconde y oculta un proceso extremo de elaboración y cálculo musical. Bach nada sabía del libro de las Mutaciones chino, al menos no lo sabemos, aunque quién sabe de qué hablaría en aquel círculo de la inteligencia. Bach calculaba y calculaba y sumaba las notas de sus sonatas y partitas y daba con el número talmúdico. La palabra de dios. El nombre de cristo. El nombre de la amada. El nombre del viejo filósofo sónico. 961. 112. 81. 158. Cifras para llorar y lamentar el silencio. Encriptar el duelo. Esto parece que hizo Bach con la chaconne de la partita BMV 1004 (2) .  Tras la danza de la chacona a la plañidera del Tombeau. La tumba musical. Christ lag in Todes Banden. Pletórico de resignación. Aceptar el silencio. Armarse de coraje para enfrentarse a él.  Homenaje desde el más allá. El réquiem secuestra nuestro ánimo y penetra en él como un narcótico total.


..........Stimmung en alemán significa “humor” o estado de “ánimo”. El stimmung da cuenta de un estado complejo, entrecruzado, ni siniestro ni bello. Stimmung también en alemán significa “voz” y “sintonía”. Sloterdijk diría que la música y los procesos sónicos nos sintonizan. Podría volvernos locos –en Abu Ghraib por ejemplo- o sanarnos –como a Saúl- . La tonalidad no era un problema de forma y estructuras. Es demasiado simple y bobo pensar que lo tonal sólo es una manera de organizar el sonido. Lo tonal se refiere al campo gravitatorio psicofisico; formas de crecer, formas de crear y resolver tensiones, excitaciones y ensoñaciones del cuerpo. Un himno es algo más que la pintura musical del espíritu de una nación. Los himnos hacen gravitar la identidad de los pueblos, su nostalgia, acallan el desastre, y “contribuyen a la conservación de lo humano en un cuerpo tonal”. Derrida entona el himno de su propio réquiem. Escrito por él mismo. Yo primera persona hablo en tercera persona. La voz del más allá. Que viene acá y nos consuela. Son los muertos los que consuelan a los vivos en nuestro tiempo:

Jacques no quiso ni ritual ni oración. Sabe por experiencia qué prueba supone para el amigo que se hace cargo. Me pide que os agradezca el haber venido, que os bendiga, os ruega que no estéis tristes, que no penséis más que en los numerosos momentos dichosos que le habéis dado la posibilidad de compartir con él.

Sonreídme, dice, como yo os habré sonreído hasta el final.

Preferid la vida y afirmad sin descanso la sobrevida...

Os amo y os sonrío desde donde quiera que esté (3) .

 

..........Derrida nos lanza su voz al tímpano. Horada su caverna. Nos llega su adiós de un modo oblicuo. No honraremos su tumba. No honraremos su imagen. Vendrá su voz desde el jamás. Y nos enseñara a preferir la vida. Su voz. Música profunda que equilibra nuestra nostalgia.


..........Venimos hablando del sonido y la catástrofe y no habríamos de olvidar esa catástrofe acústica primera que Sloterdijk localiza en el propio nacimiento. Tras el nacimiento llega el silencio del mundo, porque el sonido o la música profunda nos envolvía en la fase prenatal (4) . El organum matricial. El latido cordial. El susurro amable de las vísceras. El amor al hijo sienta las bases de una vida compartida y participada que se transmite por canales audiovocales hasta el oído fetal, que vibra en el desierto de fluidos. La impronta ontológica se produce en este desierto. Aceptación y bienvenida. Protosubjetividad acústica. La técnica de las primeras cosas dice el filósofo. El ámbito sinérgico de las imprimaciones histórico-naturales y simbólicas. Sloterdijk que procura posicionar los procesos ontológicos en relación con una musicología profunda. Una vez el ser-en-mundo (contemporáneo) ha abierto sus párpados, los procesos cognitivos terminarán articulándose en torno a un elemento: la imagen. Será la imagen y la filosofía ocular –entre Platón y Hegel- la que dirijan y gestionen la configuración del ser. Ahí está Freud. Ahí está Lacan con sus espejos y sus sujetos descompuestos. Frente a la recomposición por la imagen y a la organicidad del cuerpo con el azogue fraudulento de la virtualidad, Sloterdijk propone la complementación íntima entre los seres dentro de un espacio psicoacústico. Los hombres y su canción. La promesa del himno interior que convoca nuestras esperanzas últimas y más tempranas:


Para ver algo, el vidente tiene que estar a una distancia abierta frente a lo visible. Ese estar especialmente separado y enfrentado sugiere un abismo entre sujetos y objetos que, a la postre, no sólo entra en consideración espacial sino también ontológica; en cuya consecuencia, se entienden los objetos como observadores sin mundo que, respecto a un cosmos siempre apartado, sólo tienen una relación en cierto modo exterior.(…) El sujeto vidente está al borde del mundo, como ojo sin cuerpo ni mundo. Para los pensadores que por el contrario quisieran exponer la existencia a partir del hecho de la audición, no podría el alejamiento del sujeto-observador caer en el límite exterior del mundo, porque es característico de la naturaleza de la audición no verificarse de modo diverso al ser-en-el-sonido. Ningún oyente puede creer estar en la esquina de lo audible. El oído no conoce ningún enfrente; no se muestra vista frontal alguna en el objeto exterior, porque sólo hay mundo y materias en la medida en que se está en medio del suceso auditivo. (5)

..........La catástrofe sónica en Sloterdijk se anuncia como el recuerdo de esa patria primera –vientre acústico o placenta sónica- a la que no podremos volver.Una vez en el mundo, una vez somos-ahí, el terror aparece en tanto que se ha perdido el tono primero, aquella música congénita que ensordece tras nuestra llegada. Lukács señalaba la falta de un albergue metafísico para el hombre moderno. La huída es una consecuencia primera de esto, la evasión de nuestro propio mundo.La música nos asiste terapéuticamente. Su escucha nos permite replegarnos en nuestra huída del mundo.(6) Por ello las músicas del silencio catastrófico son nucleares: es cuando nos ausentamos de toda representación, del mundo –esto es cuando escuchamos nuestro si-mismo cuando integramos la catástrofe. La escucha de sí –no el pensamiento de sí- como acto conciliador con la ausencia de morada metafísica. Es la escucha de Cage en aquella cámara anecóica. Ya sin dioses y sin el arrojo cósmico que nos posicionaba metafísicamente, podemos afirmar que el Ipod es tecnología metafísica 100%. Las músicas que inflaman nuestro oído. Nuestras esperanzas últimas. Nuestras esperanzas más tempranas. La flauta del arroyo que tocó el mancebo. Capaz de sacudir a los dioses. Al mismo Apolo. Marsias es capaz de extraer de esa flauta un sonido lejano capaz de producir un deleite tan turbador que provee al que escucha el reconocimiento de su sí mismo. Un sonido turbador, temblor oscuro, capaz de constituirse en plegaria que renueva el duelo del inacabamiento del ser: «A veces llegó a maldecir al maligno instrumento causa de todo. Pero no podría arrojarlo de sí, porque era ya parte suya, y con su aliento había pasado a él su espíritu mismo» escribe Cernuda sobre Marsias. La música de la catástrofe. El canto de las sirenas. Ulises y la patria. El himno de su yo. Experiencia íntima y total. También en el oído de Alcibíades crepitan las palabras de su querido Sócrates:


“Digo enseguida que Sócrates se parece especialmente al Sátiro Marsias. (…) Él encantaba a los hombres con la potencia de los sonidos que su boca arrancaba a los instrumentos, que es lo que todavía hacen hoy quienes ejecutan los aires de este sátiro; en efecto los que tocaba Olimpo, pretendo que son de Marsias, su maestro. Pero gracias a su carácter divino. Ya sea un hábil artista o una mala flautista quien los ejecute, tienen la virtud de arrebatarnos a nosotros mismos y de hacernos conocer a los que tienen necesidad de las iniciaciones y de los dioses; la única diferencia entre Marsias y tú, Sócrates, es que sin necesidad de instrumentos, con simples discursos, haces lo mismo que él. Si no fuera amigos míos, porque temo que creáis que estoy completamente borracho, os testimoniaría con juramento la impresión extraordinaria que sus discursos me han producido y me siguen produciendo todavía. Cuando le escucho me late el corazón con más violencia que a los coribanes; sus palabras me hacen derramar lágrimas y veo a numerosos oyentes experimentando las mismas emociones. He oído hablar a Pericles y a nuestros más grandes oradores y los he encontrado elocuentes, pero no me hicieron sentir nada parecido. Mi alma no se turbaba ni se indignaba consigo misma de su esclavitud. Pero escuchando a Marsias, la vida que llevo me ha parecido a menudo insoportable. (…) Para alejarme de él tengo que taparme los oídos como para escapar de las sirenas porque si no, estaría constantemente a su lado hasta el fin de mis días (7) .
 

..........La catástrofe es no tener canción. No encontrarse, en medio del océano, con las sirenas. La catástrofe es no escuchar la flauta mojada de Marsias. La voz del viejo Sócrates. La catástrofe es no cortarse los dedos con el tambor de hojalata. Las salvas del cañón que vuelve a ser disparado, dando una segunda muerte al soldado. La catástrofe reside también en la imposibilidad de escuchar a Timothy Treadwell. Los osos devolviéndole al mundo. La catástrofe es un chelo con tres cuerdas que aúlla por el fin de los tiempos. La catástrofe es el silenciador del revólver que funciona a la perfección.  El hondo suspiro de Hamlet. El resto es silencio. O, o, o, o.

 

 

 

 

(2) Grabación de José Miguel Moreno para Glossa. De oculta philosophia. 1998. En esta grabación se recogen las notas musicológicas de Helga Thoene que desvelan el doble discurso musical de la chacona de Bach y desencriptan los modos clásicos de las músicas de duelo; el cantus firmus en forma de Tombeau. El Christ lag in Todesbanden es un canto Luterano cuya melodía subyace a la composición de la ciaconna. En la grabación de Glossa se incluye la partita original y la propuesta musicológica a la que se le suma el canto religioso fúnebre.

(4) SLOTERDIJK, Peter. El estadío-sirenas. De la primera alianza ionosférica. En Esferas I. Siruela. Madrid. 2003. pp 431-469.

(5) El estadío-sirenas…Op.cit, pp 287.

(6) SLOTERDIJK, Peter. ¿A dónde van los monjes?. Sobre la huida del mundo desde la perspectiva antropológica. En Extrañamiento del mundo. Pre-Textos. Valencia. 1998. pp 92-121.

(7) PLATÓN. El banquete. Madrid. Austral. 1988. pp 264-265.